diumenge, 1 / novembre / 2009

LOS ANTECEDENTES DE LA UNIFICACIÓN ITALIANA

De los grandes países europeos, Italia fue, junto con Alemania, el último que llevó a cabo su unificación política, entre 1859 y 1870. El movimiento que sirvió a estos fines fue denominado "Risorgimento", por analogía con el Renacimiento artístico y cultural del siglo XVI.
A partir de la Alta Edad Media, Italia padeció una serie de dominaciones extranjeras; estuvo bajo la hegemonía del Imperio germánico, de Francia, de la corona catalano-aragonesa, de la monarquía hispana y de Austria.
La Revolución francesa y, más tarde, la incorporación de la península italiana a la Francia jacobina y napoleónica (1799-1815), prepararon el terreno para la unificación. La situación dio a Italia un nuevo orden social y jurídico, derivado de los principios de 1789, que favoreció el control de los asuntos públicos y de la actividad económica por parte de la burguesia liberal, imbuida de la mentalidad de la ilustración. Las masas campesinas siguieron careciendo de conciencia política durante mucho tiempo, pero los habitantes de las ciudades y los viejos militares que habían vivido la epopeya imperial empezaron a aspirar a una comunidad nacional basada en el modelo galo.
El derrumbamiento de la Europa napoleónica pareció poner fin a esa primera experiencia, y, en 1815 (a consecuencia del Congreso de Viena), los antiguos soberanos volvieron a ocupar sus tronos. Triunfaba la reacción y, como afirmaba el principe Metternich (canciller de Austria), la palabra "Italia" no era más que una simple "expresión geográfica", desprovista de cualquier connotación nacional.


Entrada de las tropas francesas en Nápoles el 21 de enero de 1799

Tras la fachada retrógada de la Restauración actuaban diversas fuerzas renovadoras. El mapa político de la península italiana permaneció invariable de 1815 a 1859. Comprendía varios estados independientes, pero muy alineados en el "Sistema Metternich": los Estados Pontificios y los reinos de Cerdeña-Piamonte y Dos Sicilias (Napoles), y más tarde los estados austríacos, posesiones directas de los Habsburgo, como el Reino Lombardo-Véneto o las monarquías satélites del gran ducado de Toscana y los ducados de Parma y Módena.
La primera generación de "patriotas" se reunían en sociedades secretas cuyo ritual y cuyos ideales derivaban de la francmasonería: los guelfi, los federati, los adelfi y, sobre todo, los carbonari, cuyos miembros se agrupaban en secciones llamadas "ventas".
En un clima de exaltación romántica, los adeptos de las sectas soñaban con derrotar al absolutismo encarnado por Austria y crear un estado nacional y democrático, heredero de la Revolución francesa.


María Luisa de Austria, duquesa de Parma

Los nacionalista italianos no poseían una organización coordinada y eficaz. Estrechamente vigilados por la policía, se veían condenados a actuar a través de conspiraciones y sediciones militares que pronto eran sofocadas y encontraban poco eco en el pueblo. Las primeras insurrecciones estallaron en 1817 y 1818 en los Estados Pontificios; la revolución española desencadenó el movimiento de los "ventuno" y así, en Nápoles, el general Guglielmo Pepe obligó al soberano a adoptar la constitución española, pero Fernando I pidió ayuda a Austria y ésta aplastó, en marzo, a los insurrectos, tras el congreso de Laybach. La agitación se extendió al Piamonte, con el acuerdo del heredero al trono, Carlos Alberto de Saboya-Carignano, Victor Manuel I abdicó, pero Carlos Alberto I abandonó la causa liberal y se exilió en Toscana; mientras, el nuevo rey, Carlos Félix I, restauraba el absolutismo con la ayuda de Metternich.
El reino Lombado-Véneto y los ducados eran desde antiguo tierra propicia a las conspiraciones. Maroncelli, Confalonieri, Adryane, Arese y Silvio Pellico, entre otros, fueron encarcelados en las fortalezas austríacas; el libro de Pellico "Le mie prigioni" de 1832, que refería la cautividad del autor en Spielberg, sensibilizó a la Europa liberal en favor de la causa del Risorgimento.


Situación del reino Lombardo-Véneto en la peninsula italiana

La revolución francesa de julio de 1830 suscitó en febrero de 1831 una nueva llamarada de revueltas en la Romaña pontificia y en los ducados de Parma y Módena. Pero la Francia de Luis Felipe, cuyo apoyo esperaban los patriotas, proclamó la no intervención. Los movimientos fueron yugulados por los austríacos que ocuparon Bolonia, mientras los franceses establecieron una guarnición en Ancona para proteger los Estados Pontificios.
A las revoluciones de 1821 y 131 siguieron los éxodos de patriotas proscritos, que partieron rumbo a Francia, Suiza, Bélgica o Gran Bretaña y se persuadieron así de que la regeneración de Italia no podría lograrse a base de conspiraciones aisladas, sino por la adhesión general de todos los estamentos sociales en torno a un proyecto común.

dimecres, 9 / setembre / 2009

RUSIA, EL IMPERIO DE LOS ZARES

El inmenso imperio que habían forjado los zares se extendía a lo largo de miles de kilómetros, desde el centro de Europa hasta el océano Pacífico. Su parte "asiática", Siberia, era casi un desierto despoblado, alejado de las grandes vías de circulación mundiales. La parte restante, es decir, Rusia, sin duda era europea, pero vivía al margen de Europas. Y este imperio tuvo una historia muy particular.
En el momento en que los grandes estados europeos entraron en la vía del capitalismo, caracterizado por un rápido desarrollo industrial, y sus pueblos, liberados de las ataduras feudales, accedieron a la vida política, Rusia seguía siendo un estado absolutista. A comienzos del siglo XIX, en el imperio ruso la voluntad del zar era ley, el pueblo vivía aún en la servidumbre y el lento desarrollo económico, fundado en la actividad agrícola y artesanal salvo la metarlúrgia en los Urales, sólo dejaba aparecer las formas más elementales de un tímido precapitalismo.

Esc udo menor de la Rusia zarista

Pero este retraso en el desarrollo, en comparación con los demás grandes estados europeos, no implicaba debilidad política. El poder zarista se hallabga sólidamente sentado sobre la aristocracia y un poderoso ejército, que desde varios puntos de vista (el reclutameinto, la táctica, etc) estaba más avanzado que los ejércitos de Occidente, en cuyo modelo se habia inspirado originariamente el zar Pedro el Grande. Las tropas rusas había participado en las guerras europeas: habían ocupado Berlín duante la guerra de los Siete Años (1760), habían luchado en Suiza y Lombardía durante las guerras de la Revolución (1799), habían expulsado a las tropas napoleónicas de Moscú en llamas (1812) y habían acampado en París (1814). Gracias a su flota de guerra, Rusia se había convertido también en una potencia marítima capaz de participar victoriosamente en opraciones navales en el Mediterráneo (1799) y de intervenir en el Pacífico (1803-1806). La guerra de liberación de 1812 (contra Napoleón I) y las consecuencias de la victoria confirmaron el poderío ruso y convirtieron al zar, dentro de la Santa Alianza (de la que ya hemos hablado en otras ocasiones), en una especie de árbitro de Europa. La mentalidad política del poder y, en cierto modo, la del pueblo estuvieron marcadas por estas circunstancias durante la primera mitad del siglo XIX, al alimentar el orgullo nacional y un cierto sentimiento de superioridad eslava sobre un Occidente en decadencia.

Máxima extensión territorial del imperio ruso

Estas hazañas militares estaban ligadas a las conquistas de finales del siglo XVIII: por una parte, el afianzamiento del poderío ruso en las orillas del Mar Negro (tratado de Kutchuk-Kainardja, de 1774), que condicionaría de cara al futuro la expansión del Imperio en dirección al Mediterráneo y, sobre todo, al rápido desarrollo de la Rusia meridional; por otra, la ocupación de una gran parte de Polonia (repartos de 1793 y 1795), sometida contra su voluntad al destino del Imperio ruso. Los polacos se subevaron dos veces contra sus opresores rusos (1830-1831 y en 1836); por contra, mediante la colaboración forzosa de una parte de la élite del país contribuyeron notablemente al desarrollo económico de Siberia a partir de 1863.
Las guerras napoleónicas reforzaron la autoridad de la aristocracia militar frente al poder. Aunque una parte minoritaria de la nobleza había recibido el influjo de la ilustración y los principios de las revoluciones francesa y americana, la aristocracia en general había sufrido el autoritarimso de Pedro I. Su sucesor, Alejandro I (1801-1825), contrariado en sus ambiciones por el tratado de Tilsitt (1807) y enfrentado a una sorda oposición a su política de alianza con Francia, trató de recuperar el favor de la opinión mediante algunas medidas de perfeccionamiento de las instituciones administrativas: plan de reforma del estado elaborado por un funcionario del ministerio del interior, Speranski, en 1808-1809. eran veleidades de liberalismo, conformes sn duda con los sueños de un soberano de personalidad contradictoria, pero no tuvieron continuidad. Los acontecimientos de 1811-1812, la "guerra patriótica" contra los franceses, darían otra orientación a la política imperial.

Alejandro I, zar de Rusia

La victoria de Alejandro sobre Napoleón, al consolidar el poder zarista, inauguró un largo período de inmovilismo, al menos aparente. A Rusia se le planteaban problemas derivados de su retraso, principalmente en las relaciones entre el soberano y el pueblo, y más concretamente entre el estado y una sociedad dividida en órdenes; la servidumbre era cada vez más discutida, pero más desde el punto de vista de su eficacia económica que desde un enfoque moral. todo ello requeria una solución y genral, solución admitida medio siglo más tarde, en 1861, cuando el poder se vio debilitado por las derrotas de la guerra de Crimea y obligado a hacer concesiones.
A partir de 1812, el reinado de Alejandro I se caracterizó por los disturbios campesinos, cuyo aumento despertaba el recuerdo del levantamiento de Pugacëv (1774), que había hecho tambalear el trono de Catalina II la grande; no obstante, carecia de fuerza frente a un régimen inflexible, dirigido férreamente por Arakceev. En cuanto a las conspiraciones fomentadas por una minoría de nobles agrupados en dos asociaciones clandestinas, la Sociedad del Norte y la Sociedad de Sur, los objetivos de oposición al poder dividían a los conjurados, puesto que unos reivindicaban la emancipación social y la supresión de la servidumbre, hy los otros, simplemente la libertad política, garantizada por una constitución. La inesperada muerte de Alejandro desencadenó el levantamiento militar llamado de los decembristaqs o decabristas (1825), sin base popular, que fue duramente reprimido por el sucesor de Alejandro I, Nicolás I.


Cuadro que escenifica la retirada de Moscú por Napoleón I

diumenge, 30 / agost / 2009

EL FIN DE UNA ÉPOCA



El veterano de la I Guerra Mundial Henry Allingham

Durante el pasado mes de julio, tal y como publicó La Vanguardia, la noticia de la muerte de dos antiguos combatientes de la I Guerra Mundial, ambos británicos, vuelven a cerrar una parte de la historia del siglo XX, ya que quedan supervivientes de esa contienda.
A petición de Xavier P.E., quiero dejar constancia en este blog de este acontecimiento y acercarnos un poco a la vida de estas dos personas (la noticia completa aparece publicada en La Vanguardia del 19 y del 26 de julio).
Henry Allingham (1896-2009), falleció el 18 de julio de 2009, además de ser un antiguo combatiente británico en la I Gran Guerra ostentó el titulo del hombre más viejo del mundo a sus 113 años. Nació el 6 de junio de 1896, a finales del siglo XIX y con tan sólo 15 años (algo habitual en esa época entre las clases no privilegiadas), empezó a trabajar en una fábrica de Londres. Con el estallido de la Guerra Mundial, se dedicó a la reparación de camiones militares. Poco tiempo después, y tras morir su madre se alistó en el ejército con 19 años, quedando fascinado, desde el primer momento, por el mundo (relativamente nuevo) de los aviones. Pronto entró al servicio de la Royal Air Force (la RAF). Hay que tener en cuenta que ser piloto de avión en esos primeros tiempos de la aviación era una tarea de alto riesgo, ya que los aparatos eran muy rudimentarios y con muy escaso margen de maniobra.
Durante la II Guerra Mundial participó en varios proyectos en la defensa de Gran Bretaña, aunque no en el frente por su edad, siendo los más importantes los de neutralización de las minas alemanas.
Finalizada la guerra y sobre todo en los últimos años de su larga vida, se dedicó a concienciar a los más jóvenes sobre el significado de la guerra y a mostrar respeto por los soldados, y a recordar al mundo entero los millones de ellos que murieron durante la contienda.
Significativa fue una de las frases de Allingham pronunciadas pocos días antes de su fallecimiento: "Es el fin de una era, de una generación especial y única...", ya que veía como iban muriendo todos los veteranos de guerra de los distintos países: franceses, norteamericanos, austro-húngaros....



Harry Pach, soldado raso británico


Pocos días después del fallecimiento de Allingham, aparecía la noticia de la muerte de otro veterano de la I Guerra Mundial, la de Harry Pach ( 1898-2009), también británico. Fallecia a los 111 años de edad el 25 de julio de 2009. Pach nació el 17 de junio de 1898 y, al igual que Allingham, también dejo la escuela a los 15 años y empezó a trabajar como aprendiz de fontanero. A los 18 años fue llamado a filas e ingresó en la Infantería Ligera del Duque de Cornualles, marchando al campo de batalle en mayo de 1917. Combatió en la batalla de Passchen Daele, en Ypres (Bégica), donde hubo un gran número de bajas entre las fuerzas británicas. El 22 de septiembre de 1917 fue herido por un proyectil alemán y aquí acabó su aventura bélica, ya que no llego a incorporarse de nuevo al ejército, pasando el resto de la guerra en un hospital de la isla de Whigh (en 1918 finalizaba la I Guerra Mundial con la derrota de los imperios centrales). No llegó a participar en la II Guerra Mundial debido a su edad, aunque si fue voluntario civil, ayudando a sofocar los incendios que los bombardeos alemanes causaban en Londres.
Ambos soldados recibieron honores en sus funerales e incluso, en el entierro de Pach, acudió la reina Isabel II.

dijous, 9 / juliol / 2009

ALEMANIA Y KAKANIA TRAS EL CONGRESO DE VIENA DE 1814-1815


Escudo del Imperio Austro-Húngaro


Una de las consecuencias directas de las decisiones del citado congreso y que seria decisivo para una futura Alemania fue el hecho de que Prusia perdiera sus anteriores posesiones polacas y ganase unos territorios que actualmente son la Renania del Norte y Westfalia. De este modo Prusia se germanizó y se abrió a Occidente, más tarde lograría lo que en un futuro sería el área industrial alemana y logro conectar Alemania occidental y Alemania oriental.
También, tal y como se ha dicho en otros posts, la Confederación Alemana fue la sucesora del Sacro Imperio Romano-Germánico y fue fundada en la ciudad alemana de Francfort, ya que era en esta ciudad donde se elegían a los monarcas alemanes en la antigüedad. Esta Confederación estaba formada por treinta y nueve estados independientes, algunos de los cuales, como Baviera, Baden y Württemberg, se correspondían ya prácticamente con los estados federales de la actualidad, aunque la Baja Sajonia actual se llamaba Principado de Hannover, la Renania del Norte/Westfalia era prusiana y Essen estaba dividido en el Principado de Essen y el Gran Ducado de Essen. También estaban en dicha Confederación el Principado de Waldeck y el Ducado de Brunswick, ambos estados independientes. Los territorios austriacos, incluida la actual República Checa (Bohemia), también pertenecían a la Confederación Alemana. Pero tanto Prusia como Austria poseían inmensos territorios situados fuera de la Confederación Germánica. Prusia tenía en su poder Prusia occidental y Prusia oriental, así como la provincia polaca de Posen. Austria, por su parte, no hacía honor a su nombre ("Österreich": Imperio Oriental), pues al inicio de la época del nacionalismo y la democracia, era propiamente un ente imposible: se la llamaba indistintamente Austria-Hungría, La Monarquía de los Habsburgo, la Doble monarquía, la Monarquía del Danubio, o, como la llama Musil en su novela "El hombre sin cualidades", KAKANIA (de "K y K": Kaiserlich-Königlich, o lo que es lo mismo: imperial-real). Además de los territorios alemanes y bohemios/Checos, Austria poseía lo que hoy en día es Hungría, Eslovaquia, el sur de Polonia, Eslovenia, Croacia, el noroeste de Rumania (Transilvania), Bukovina, el sur de Tirol y luego también Bosnia.
Austria dio la independencia a Bélgica, la cual se uniría a Holanda (con el fin de crear un estado más fuerte ante una eventual agresión francesa), aunque ambas naciones finalmente se enemistarían entre ellas y Bélgica volvería a independizarse en 1830. Las otras potencias europeas garantizaron la neutralidad belga, aunque sería violada por el imperio alemán en la I Guerra Mundial.


Bandera de Austria-Hungría

No hay que olvidar que para Austria-Hungría los movimientos nacionalistas, incluidos los de los estados alemanes, eran puro veneno porque amenazaban su propia existencia. Por ese motivo hasta el año 1848, año en que se produjeron las revoluciones del 48, el astuto Canciller austríaco Metternich se dedicó de lleno a ahogar todos los movimientos nacionalistas y democráticos que se produjeron en el seno de la Confederación Germánica. Debemos recordar, por los anteriores posts, que Alemania sólo podía alcanzar su unidad nacional incorporando a Austria o echándola. Conviene recordar que a estas dos soluciones se las llamó, respectivamente, "gran Alemania", a la posición de Austria de crear un gran estado alemán que incluyera a todos los estados alemanes y a Austria y a su imperio, y "pequeña Alemania", tesis defendida por Prusia que excluía a Austria de Alemania.

La Santa Alianza (creada por las potencias vencedoras tras derrotar al emperador Napoleón I), y con especial hincapié Austria, seguía obstaculizando la unidad nacional de Alemania, y de esta manera el nacionalismo alemán fue adquiriendo, de forma paulatina, un talante frustrado, lleno de resentimiento y malicioso. Tras el fracaso de la revolución liberal de 1848, en la que nacionalismo y democracia todavía se fortalecían mutuamente, quedó preparado el terreno para la separación del nacionalismo alemán de la tradición democrática. Tengamos presente que esta separación ocurrió tan sólo en Alemania, ya que para los ingleses y los franceses, el Estado nacional y la democracia serán una misma cosa, y su propio nacionalismo creará las bases para desarrollar su democracia.

dissabte, 20 / juny / 2009

"LA CUESTIÓN DE ORIENTE" EN EL SIGLO XIX.

Sin duda alguna la denominada "Cuestión de Oriente", es una de las más conflictivas en la política europea del siglo XIX, cuestión provocada por el renacimiento de los movimientos nacionalistas y, de forma especial, en los Balcanes. Todo este fenómeno fue propiciado por el gradual debilitamiento del antaño poderoso imperio otomano, por las nada disimuladas ambiciones imperialistas de Rusia, la cual, a la vez que favorecía el movimiento paneslavista en la Europa Central, reprimía ferozmente el movimiento patriótico polaco, y por la orientación más marcada de la política del imperio austríaco hacía el este de Europa a medida que el Sacro Imperio escapaba a su tutela. No hay que olvidar la sempiterna aspiración de los húngaros a su emancipación y su pretención de dominar sobre las otras etnias de su territorio histórico, ni se nos pueden escapar los intereses diplomáticos de Francia y Gran Bretaña, a menudo antagónicos, para ver claramente lo complicado de la situación


El imperio otomano y los nuevos estados surgidos de su disgregación

De entre todas las nacionalidades integradas en el imperio otomano, los serbios (bajo la dominación otomana desde 1389) fueron los primeros en levantarse contra la Sublime Puerta , la cual respondió con una implacable represión que conllevó a una revuelta generalizada al mando de Karagiorje en 1804, el cual contó con el apoyo ruso. Esta rebelión no fue sofocada hasta 1813, aunque renació con más ímpetu bajo la conducción de Milos Obrenovic, el cual consiguió el inesperado apoyo de Austria. Obrenovic logró arrebatar al sultán una amplia autonomía para Serbia así como la participación en la administración de justicia, el mantenimiento de una milicia y la convocatoria de una Asamblea Nacional, aunque Serbia seguía siendo una provincia otomana.

Rusia y Gran Bretaña apoyaron la insurrección helénica, más tardía que la Serbia, pero mucho más radical e inspirada en la revolución francesa, logro ser un modelo para el romanticismo europeo. El imperio otomano aún era poseedor de un importante poderío militar y así lo demostró contra los griegos, siendo necesaria la victoria naval anglofrancesa en Navarino y estando el ejercito ruso a las puertas de Istambul para lograr convencer al Sultán de otorgar y reconocer la autonomía griega en 1829.

Esta victoria helénica tuvo una repercusión inmediata en Rumanía, donde los principados de Valaquia y Moldavia obtuvieron simultáneamente la autonomía, mientras que el ejemplo de los serbios hizo aumentar la efervescencia patriótica entre los montenegrinos y los búlgaros; Montenegro fue conquistado por los turcos en 1499, pero una gran parte de sus inaccesibles montañas nunca fue sometida y desde allí los rebeldes montenegrinos atacaban las ciudades dominadas por los turcos. Desde este momento, los días de la dominación otomana en los Balcanes estaban contados.


Creación de los nuevos estados en los Balcanes: Grecia, Serbia, Montenegro, Rumania, Bulgaria y Albania

Este renacimiento de las nacionalidades no sacudió solamente al imperio otomano. El imperio de los Habsburgo hubiera podido muy bien, alejándose de sus intereses en Alemania, crear las bases de una federación multinacional danubiana, embrión de un imperio renovado: pero el conservadurismo de Metternich (como hemos visto en anteriores posts) malogró esta oportunidad histórica. Los checos (Bohemia) iniciaron su resurgimiento nacional; las minorías rumanas de Transilvania comenzaron a agitarse; los italianos de Milán y de Venecia no se resignaron a la dominación germánica de Austria, lo mismo que los polacos de Galitzia; también los croatas y los eslovenos empezaron a soñar con un estado eslavo independiente y en una posible unión con los serbios, a pesar de sus diferencias de religión y cultura.
En el seno de este movimiento centrifugo, el creciente nacionalismo húngaro tuvo efectos contradictorios. Los magiares querían también acabar con la germanización, pero sin renunciar a dominar las etnias vecinas. Éstas veían en ellos, por ser los más próximos, a sus más peligrosos enemigos. Esto explica que las tropas croatas combatieran al lado de los austríacos contra la revolución húngara de 1849, y también que la transformación del viejo imperio en la monarquía dual de Austria-Hungría, ocurrida tardíamente en 1867, no pudiera impedir que se precipitara la disgregación del imperio de los Habsburgo.


Europa en el año 1850


Rusia vio en los movimientos nacionalista un instrumento para sus propias ambiciones sobre la Sublime Puerta la posibilidad de conseguir el acceso de su armada a aguas libres de hielo todo el año. Mientras tanto, Austria, empujada por Prusia fuera de Alemania desde 1815, desarrolló un renovado papel en los Balcanes. Debido a su desconfianza del nacionalismo de los eslavos balcánicos, se convirtió en protectora del imperio otomano. Como respuesta, Rusia aumentó su apoyo a los enemigos de Austria y de los otomanos. Estos, a su vez, gozaban de la protección del principal enemigo de Rusia, Gran Bretaña, a la cual se sumó Francia a principios de 1850.
Después de una disputa sobre los Santos Lugares de Palestina, el 21 de junio de 1853 Rusia ocupó los principados de Valaquia y de Moldavia como "garantía material" de concesiones a sus "justas exigencias" en Palestina. El 4 de octubre de ese mismo año el imperio otomano declaró la guerra a Rusia, como lo hicieron más tarde Gran Bretaña y Francia, que creyeron que la integridad del imperio otomano estaba en juego. Austria permaneció neutral, perjudicando de ese modo a Rusia. Las fuerza rusas sufrieron un gran desgaste en Crimea hasta la muerte del zar Nicolás I en febrero de 1855 y su sucesor, Alejandro II, negoció la paz.
El resultado de esta guerra de Crimea frenó las ambiciones de Rusia sobre los Balcanes y puso fin al dominio ruso en el sudeste europeo. El tratado de París de 1856 abrió el Danubio a la navegación internacional y aseguró la neutralidad del Mar Negro. La integridad territorial del imperio otomano y su independencia quedaron garantizadas, asi como las libertades serbias. La elección del boyardo moldavo Alejandro Juan Cuza (1820-1873) en 1859 como principe de Moldavia y de Valaquia preparó la unificación de ambos principados en Rumania, cuya independencia formal fue alcanzada en 1878. Sin embargo, el imperio otomano continuó su decadencia hasta 1914.


Abdülmecit I, sultán otomano de 1839 a 1861

diumenge, 31 / maig / 2009

ALEMANIA DESDE LA REVOLUCIÓN FRANCESA


Federico Guillermo III, rey de Prusia y elector de Brandemburgo


Creo interesante realizar, a breves trazos, un comentario sobre la evolución que sufrió Alemania a partir de 1789, año de la revolución francesa, y que cambiarían el mapa y la historia de Europa, influyendo en el futuro de la monarquía austríaca.
Empezaremos diciendo que una fracción importante de la inteligencia alemana acogió favorablemente la Revolución de 1789, aunque fue alejándose de la misma al comprobar que giraba hacía un carácter terrorista y expansionista. Si bien es cierto que los ejércitos franceses fueron aclamados por un pequeño número de intelectuales (como en Maguncia), la opinión pública se mostró bastante pasiva ante las guerras dinásticas contra la Francia revolucionaria. Finalmente todas estas guerras conllevaron a la anexión por Francia de la orilla izquierda del río Rin, anexión que tuvieron que reconocer tanto Prusia (Tratado de Basilea de 1795) como el imperio austríaco (Tratado de Lunéville de 1801), pasando a manos francesas territorios históricos del sacro imperio. Pero no acabó aquí la cosa, en la dieta de Ratisbona (1802) se simplificó el mapa político de Alemania, siempre en beneficio de los "clientes" alemanes de Francia, eliminando principados y anexandolos a otros estados. Finalmente, como ya hemos indicado en otras ocasiones, se llegó a la desaparición del Sacro Imperio romano-germánico en 1805, y se creó la confederación del Rin, cuyo jefes de estado (los reyes de Baviera y Wurtembureg, el gran duque de Baden, etc...) estaban unidos por matrimonio a la dinastía napoleónica y buscaron, al igual que en Francia, una modernización de las instituciones y de la sociedad, mimetizandose con las reformas francesas pero siempre bajo el espíritu del despotismo ilustrado.

De todas formas, la obra napoleónica sólo tuvo una existencia efímera, ya que en el conjunto de países conquistados o amenazados de serlo, explotó una viva reacción patriótica, la cual se apoyó en la resurrección del pensamiento nacional y en el romanticismo, el cual oponía el igualitarismo abstracto de los franceses al valor de la historia, a la comparación del estado a un organismo vivo y al respeto de las jerarquías sociales.

Pero la orientación que tomó todo este movimiento de liberación fue lo que inquietó, cuando cayó Napoleón, a los partidarios del Antiguo Régimen.



Maximiliano I, elector y primer rey de Baviera


De esta manera y preocupado ente todo de restablecer en Alemania el dominio de Austria, en el congreso de Viena de 1815 el canciller austríaco Metternich se erigió en defensor de la reorganización de Alemania bajo la forma de na confederación de 38 estados, con un solo organismo común, una dieta formada por los delegados de los respectivos gobiernos y presidida por Austria, en la que, finalmente, sería necesaria la unanimidad para todas las grandes decisiones. En el pensamiento de Metternich, para quien el equilibrio entre los estados y en el interior de éstos constituía el eje de su "sistema", era importante preservar a Alemania (y a Italia, donde los Habsburgo tenían intereses) de toda evolución hacia las ideas unitarias y constitucionales; por ello era necesario que los soberanos, reunidos periódicamente en asamblea, crearan una policía internacional contra la revolución, que actuara como un mitológica hidra dispuesta a engullirlo todo a su paso. En este afán de preservar el orden monárquico (y con ello la existencia de la misma Austria) y la jerarquía aristocrática, lo que sólo podía garantizarse mediante un estrecho entendimiento entre Austria y Prusia, Metternich podía apoyarse en la necesidad de paz tras las guerras napoleónicas y en la orientación conservadora de la sociedad influida por los efectos del romanticismo así como con el despertar religioso de los pueblos (tanto católicos como protestante).



Príncipe de Metternich, canciller de Austria


De este modo, y bajo la influencia de Metternich, la obra reformadora en Prusia (iniciada durante la etapa napoleónica) quedo totalmente detenida. Pero en toda Alemania ya empezaban a trabajar una fuerzas progresistas a menudo de forma exaltada, como el caso de la Burschenschaft (organización patriótica estudiantil alemana), las cuales chocaron repetidamente con la brutal represión policíaca y la censura establecidas por Metternich. No obstante, y aprovechando el hecho de que los soberanos de la Alemania de sur habían dado su conformidad a unas constituciones para unificar bajo idénticas leyes territorios hasta entonces dispares, un cierto número de burgueses liberales se aferraron a estas nuevas instituciones para orientarlas en favor del constitucionalismo, ya fuera según el patrón francés o el patrón de autogobierno británico, y aunque se corrió el riesgo del radicalismo de dichas posturas los medios de represión de los soberanos lo impidieron.


Fracisco I emperador de Austria y último emperador del Sacro Imperio

divendres, 1 / maig / 2009

LA GUERRA AUSTRO-PRUSIANA. EL DESENLACE FINAL

Cuadro sobre la batalla de Sadowa

¿Qué decisión tomará Napoleón III?. Francia estaba dividida en esta guerra: el emperador Napoleón era favorable a Prusia y, en cambio, la emperatriz Eugenia apoyaba incondicionalmente a la católica Austria por el miedo que le despertó el enorme potencial bélico prusiano en la batalla de Sadowa y el temor a una posible invasión de Francia en cualquier momento, "cualquier noche nos acostamos franceses y nos levantamos prusianos" dirá Eugenia, aunque no logrará convencer ni al gobierno francés ni a su marido, ya que este último teme cualquier enfrentamiento con el ejercito prusiano.
El 2 de julio, la víspera de la batalla de Sadowa, Francisco José de Austria pedirá a Napoleón III que obtenga el armisticio en Italia y firme el tratado de cesión de Venecia para que, de este modo, Francia ocupe el territorio veneciano y Austria se vea libre de posibles trampas de los italianos si son ellos los que ocupan Venecia. El emperador austríaco es de la opinión que es mejor ceder Venecia a perder territorios alemanes.

Austria (rojo) y sus aliados (rosa) Prusia (azul marino) y sus aliados (azul celeste)
En verde los estados neutrales

Austria (rojo) sus aliados (rosa). Prusia (azul oscuro) y sus adquisiciones territoriales (azul celeste) tras la guerra


Napoleón III declarará: "Hemos ganado Venecia para otros y, en cambio, hemos perdido Renania", y a ello el conde Fleury replicará : "No hemos perdido absolutamente nada, sire; por el contrario, es ahora o nunca cuando tenemos la oportunidad de reconstruir el mapa de Europa".

Así, pues, el emperador francés tendrá que decidir entre ceder a la "encantadora" diplomacia de Guillermo I y a una paz inmediata, que podría llevar a una guerra inminente entre Francia y Alemania; o bien aliarse con Austria para frenar las ambiciones prusianas e italianas, con el peligro de entrar en guerra con ambas naciones. Para evitar problemas, Napoleón negociará en detrimento de Austria, con lo cual va a ayudar a la creación de una gran Prusia. Comunicará al embajador austríaco en París su postura y recomendará a Austria el que acepte el armisticio que pueda ofrecerle Prusia.

Eugenia, emperatriz de los franceses

Para la firma del armisticio Prusia exigirá la aceptación de unos preliminares de Paz, en los cuales será condición sine qua non la salida de Austria de la Confederación Germánica, porque, para Prusia, el resto carecerá de toda importancia. El resto de lo preliminares, básicamente, serán los siguientes:
-Se respetará la integridad territorial del imperio austríaco, salvo Venecia que ya que sido cedida.
-El pago de una indemnización de 20 millones de florines por parte de Austria a Prusia.

Francia, con el apoyo de Bismarck, va a ayudar a que se cumplan estas condiciones y a convencer al rey prusiano Guillermo I a que renuncie a Bohemia (ya que quería anexarla a Prusia). Bismarck hará ver a su soberano la conveniencia de respetar la integridad territorial de Austria ya que en un futuro puede ser una valiosa aliada.


Kaiserin Elisabeth de Austria

Recapitulando, hemos de decir que tras la derrota en Sadowa el ambiente en Viena estaba muy enrarecido. Cada día llegan a la capital imperial miles de heridos en la guerra, a los cuales consolará la emperatriz Elisabeth, ganandose las simpatías de sus súbditos. En cambio el emperador Francisco José se ha hecho muy impopular, ya que la opinión pública lo acusa como el culpable de los desastres de la guerra.
En Viena empieza a cundir el pánico ante una inminente ocupación prusiana de la ciudad. La familia imperial (con la excepción de la madre del emperador, la archiduquesa Sofia) y el gobierno se trasladan a Budapest el 9 de julio. También huyen de la ciudad las clases acomodadas.
Es tal la situación en el imperio que ante el temor de una insurrección húngara, la emperatriz Elisabeth sugiere a Francisco José que nombre al húngaro Andrássy ministro de Asuntos Exteriores para, así, lograr el apoyo de los liberales húngaros, pero el emperador no lo hará por miedo a un posible régimen constitucional.

Imagen de las tropas prusianas ante Sadowa

Finalmente Francisco José cayó en la trampa tendida por Bismarck y concertó una paz aceptable tras la simple derrota de Sadowa. La realidad era que el ejercito prusiano estaba diezmado por una epidemia de cólera y además, económicamente, Prusia no era capaz de financiar una guerra larga a la vez que militarmente no había nada realmente decidido, tan sólo una importante batalla pérdida por Austria. Así pues, de esta manera, Francisco José selló el destino de los Habsburgo, dejando de ser los árbitros de Alemania, y a partir de ahora la monarquía no tendría otro espacio que administrar que el situado entre Alemania y Rusia, es decir, sus propios estados.

El rey de Sajonia Juan I

El 27 de julio se ratificó la convención del armisticio, el cual entró en vigor el 2 de agosto. Con la firma del mismo, Prusia recibirá:

-20 millones de florines
-Se anexionará Hannover, Hesse-Kassel, Frankfourt, Schleswig y Holstein.
-Organizará una Confederación de estados de Alemania del norte
-Y logrará que Austria quede definitivamente excluida de Alemania-

De todas manera, y como una cuestión de honor por la ayuda recibida, Austria exigirá para la firma del armisticio que Prusia no se anexione el reino de Sajonia, condición que finalmente será aceptada por Prusia.

De esta manera los Habsburgo se verán expulsados tanto de Italia como de Alemania, cuna de su verdadera casa y su verdadera razón de ser.