De los grandes países europeos, Italia fue, junto con Alemania, el último que llevó a cabo su unificación política, entre 1859 y 1870. El movimiento que sirvió a estos fines fue denominado "Risorgimento", por analogía con el Renacimiento artístico y cultural del siglo XVI.
A partir de la Alta Edad Media, Italia padeció una serie de dominaciones extranjeras; estuvo bajo la hegemonía del Imperio germánico, de Francia, de la corona catalano-aragonesa, de la monarquía hispana y de Austria.
La Revolución francesa y, más tarde, la incorporación de la península italiana a la Francia jacobina y napoleónica (1799-1815), prepararon el terreno para la unificación. La situación dio a Italia un nuevo orden social y jurídico, derivado de los principios de 1789, que favoreció el control de los asuntos públicos y de la actividad económica por parte de la burguesia liberal, imbuida de la mentalidad de la ilustración. Las masas campesinas siguieron careciendo de conciencia política durante mucho tiempo, pero los habitantes de las ciudades y los viejos militares que habían vivido la epopeya imperial empezaron a aspirar a una comunidad nacional basada en el modelo galo.
El derrumbamiento de la Europa napoleónica pareció poner fin a esa primera experiencia, y, en 1815 (a consecuencia del Congreso de Viena), los antiguos soberanos volvieron a ocupar sus tronos. Triunfaba la reacción y, como afirmaba el principe Metternich (canciller de Austria), la palabra "Italia" no era más que una simple "expresión geográfica", desprovista de cualquier connotación nacional.
A partir de la Alta Edad Media, Italia padeció una serie de dominaciones extranjeras; estuvo bajo la hegemonía del Imperio germánico, de Francia, de la corona catalano-aragonesa, de la monarquía hispana y de Austria.
La Revolución francesa y, más tarde, la incorporación de la península italiana a la Francia jacobina y napoleónica (1799-1815), prepararon el terreno para la unificación. La situación dio a Italia un nuevo orden social y jurídico, derivado de los principios de 1789, que favoreció el control de los asuntos públicos y de la actividad económica por parte de la burguesia liberal, imbuida de la mentalidad de la ilustración. Las masas campesinas siguieron careciendo de conciencia política durante mucho tiempo, pero los habitantes de las ciudades y los viejos militares que habían vivido la epopeya imperial empezaron a aspirar a una comunidad nacional basada en el modelo galo.
El derrumbamiento de la Europa napoleónica pareció poner fin a esa primera experiencia, y, en 1815 (a consecuencia del Congreso de Viena), los antiguos soberanos volvieron a ocupar sus tronos. Triunfaba la reacción y, como afirmaba el principe Metternich (canciller de Austria), la palabra "Italia" no era más que una simple "expresión geográfica", desprovista de cualquier connotación nacional.
Tras la fachada retrógada de la Restauración actuaban diversas fuerzas renovadoras. El mapa político de la península italiana permaneció invariable de 1815 a 1859. Comprendía varios estados independientes, pero muy alineados en el "Sistema Metternich": los Estados Pontificios y los reinos de Cerdeña-Piamonte y Dos Sicilias (Napoles), y más tarde los estados austríacos, posesiones directas de los Habsburgo, como el Reino Lombardo-Véneto o las monarquías satélites del gran ducado de Toscana y los ducados de Parma y Módena.
La primera generación de "patriotas" se reunían en sociedades secretas cuyo ritual y cuyos ideales derivaban de la francmasonería: los guelfi, los federati, los adelfi y, sobre todo, los carbonari, cuyos miembros se agrupaban en secciones llamadas "ventas".
En un clima de exaltación romántica, los adeptos de las sectas soñaban con derrotar al absolutismo encarnado por Austria y crear un estado nacional y democrático, heredero de la Revolución francesa.
La primera generación de "patriotas" se reunían en sociedades secretas cuyo ritual y cuyos ideales derivaban de la francmasonería: los guelfi, los federati, los adelfi y, sobre todo, los carbonari, cuyos miembros se agrupaban en secciones llamadas "ventas".
En un clima de exaltación romántica, los adeptos de las sectas soñaban con derrotar al absolutismo encarnado por Austria y crear un estado nacional y democrático, heredero de la Revolución francesa.
Los nacionalista italianos no poseían una organización coordinada y eficaz. Estrechamente vigilados por la policía, se veían condenados a actuar a través de conspiraciones y sediciones militares que pronto eran sofocadas y encontraban poco eco en el pueblo. Las primeras insurrecciones estallaron en 1817 y 1818 en los Estados Pontificios; la revolución española desencadenó el movimiento de los "ventuno" y así, en Nápoles, el general Guglielmo Pepe obligó al soberano a adoptar la constitución española, pero Fernando I pidió ayuda a Austria y ésta aplastó, en marzo, a los insurrectos, tras el congreso de Laybach. La agitación se extendió al Piamonte, con el acuerdo del heredero al trono, Carlos Alberto de Saboya-Carignano, Victor Manuel I abdicó, pero Carlos Alberto I abandonó la causa liberal y se exilió en Toscana; mientras, el nuevo rey, Carlos Félix I, restauraba el absolutismo con la ayuda de Metternich.
El reino Lombado-Véneto y los ducados eran desde antiguo tierra propicia a las conspiraciones. Maroncelli, Confalonieri, Adryane, Arese y Silvio Pellico, entre otros, fueron encarcelados en las fortalezas austríacas; el libro de Pellico "Le mie prigioni" de 1832, que refería la cautividad del autor en Spielberg, sensibilizó a la Europa liberal en favor de la causa del Risorgimento.
La revolución francesa de julio de 1830 suscitó en febrero de 1831 una nueva llamarada de revueltas en la Romaña pontificia y en los ducados de Parma y Módena. Pero la Francia de Luis Felipe, cuyo apoyo esperaban los patriotas, proclamó la no intervención. Los movimientos fueron yugulados por los austríacos que ocuparon Bolonia, mientras los franceses establecieron una guarnición en Ancona para proteger los Estados Pontificios.
A las revoluciones de 1821 y 131 siguieron los éxodos de patriotas proscritos, que partieron rumbo a Francia, Suiza, Bélgica o Gran Bretaña y se persuadieron así de que la regeneración de Italia no podría lograrse a base de conspiraciones aisladas, sino por la adhesión general de todos los estamentos sociales en torno a un proyecto común.
El reino Lombado-Véneto y los ducados eran desde antiguo tierra propicia a las conspiraciones. Maroncelli, Confalonieri, Adryane, Arese y Silvio Pellico, entre otros, fueron encarcelados en las fortalezas austríacas; el libro de Pellico "Le mie prigioni" de 1832, que refería la cautividad del autor en Spielberg, sensibilizó a la Europa liberal en favor de la causa del Risorgimento.
La revolución francesa de julio de 1830 suscitó en febrero de 1831 una nueva llamarada de revueltas en la Romaña pontificia y en los ducados de Parma y Módena. Pero la Francia de Luis Felipe, cuyo apoyo esperaban los patriotas, proclamó la no intervención. Los movimientos fueron yugulados por los austríacos que ocuparon Bolonia, mientras los franceses establecieron una guarnición en Ancona para proteger los Estados Pontificios.
A las revoluciones de 1821 y 131 siguieron los éxodos de patriotas proscritos, que partieron rumbo a Francia, Suiza, Bélgica o Gran Bretaña y se persuadieron así de que la regeneración de Italia no podría lograrse a base de conspiraciones aisladas, sino por la adhesión general de todos los estamentos sociales en torno a un proyecto común.

























